Opinión | Un marido y tres amantes

Foto: Referencial

Cuando la mujer es envilecida y desprestigiada se hace justificable su muerte: en el mayor de los casos “se lo merecía”, en el menor de ellos “se lo buscó” 

Recientemente fue noticia en la prensa y televisión venezolana el femicidio de una mujer encontrada con signos de asfixia en un hotel del estado Zulia. Según las investigaciones preliminares el crimen fue cometido por su amante aparentemente durante la práctica de las relaciones sexuales, desconociéndose el paradero de este último.

La mujer fue asesinada y abandonada desnuda, sin embargo, el periodismo amarillista y el morbo del lector/espectador poco se ha preocupado por este terrible y condenable crimen o su ejecutor; por el contrario, lo que ha llamado la atención, despertado la indignación y el rechazo colectivo, así como, la viralización del hecho ha sido la vida personal de la víctima, la cual desde el relato mediático aparece como responsable y merecedora del crimen contra ella cometido. Según la nota publicada por el diario La Verdad de Maracaibo “La infidelidad la condujo a su muerte”, pues “uno de los familiares declaró que la mujer tenía cuatro amantes. Desde hacía meses le advertían que se comportara y dejara esas relaciones paralelas, pero no prestó atención”.

Pero este hecho no es novedoso, a las agresiones y muertes de una mujer siempre se les busca una justificación; se hurga en esas acciones, actitudes, “descuidos” u omisiones que pudo cometer la mujer que favorecieron u ocasionaron la ocurrencia del crimen. Esta perspectiva no solo es asumida por los familiares, amigos y conocidos de la víctima o el agresor, sino que es también reproducida por los espectadores de los medios de comunicación, así como por los operadores del sistema penal garantes de los derechos de las mujeres, pero también, responsables de la aplicación de sanciones ante las agresiones y crímenes cometidos.

Cuando muere una mujer no hay una versión oficial, pues ella no puede relatar lo ocurrido, esta situación crea las condiciones para que sean construidos imaginarios sobre la víctima, que sea cuestionada su integridad personal, sus prácticas y concepciones de vida, que le puedan ser atribuidas infinidad de características negativas, que pueda ser desprestigiada sin que esta pueda defenderse. Este hecho se traduce en un último acto de violencia contra la mujer asesinada, mancillar su nombre y empañar el recuerdo en sus dolientes, pues cuando la mujer es envilecida y desprestigiada se hace justificable su muerte: en el mayor de los casos “se lo merecía”, en el menor de ellos “se lo buscó”.

En el proceso de naturalización del asesinato de las mujeres a mano de los hombres, la progresiva insensibilización social y el sensacionalismo ante este tipo de crímenes, han contribuido significativamente los medios de comunicación, información y difusión masiva. De acuerdo a Diana Russell y Jill Radford en su libro Feminicidio. La política del asesinato de las mujeres “por lo general, los medios de comunicación pasan por alto las motivaciones misóginas de estos asesinatos, y culpan a las mujeres o niegan la humanidad”.

Desde esta perspectiva la conducta, personalidad y accionar de las mujeres siempre está sujeta a cuestionamiento. Se busca con ahínco cualquier discurso o práctica de las mujeres que permita justificar la violencia contra ellas cometidas; pero si no es posible hallar elementos que permitan culpabilizar a la víctima por lo ocurrido se orientará esta acción sancionadora y de escrutinio hacia las otras mujeres vinculadas al agresor. En este contexto, generalmente la madre será objeto de acusaciones: lo abandonó, no le brindaba o demostraba cariño, lo maltrataba en la infancia; o dirigidos a la esposa, novia o amante, quien generalmente aparece como castradora, violenta o infiel. Acciones que desde la perspectiva patriarcal justifican el odio y desprecio del femicida hacia las mujeres, manifiesto finalmente en el asesinato misógino.

Esther Pineda / Contrapunto
Compartir